Veinticuatro años lleva abandonado en un basurero el catamarán que Bertarelli regaló a Valencia
Pedro Sardina (18 de octubre de 2018)
Fueron tres años de éxitos, sobre todo el último, en el que a la majestuosa obra portuaria se le añadió el famoso puente de la Fórmula 1. Los visitantes “guiris” flipaban en colores y los que no tuvieron la oportunidad de disfrutar in situ de la regata hablaban maravillas de lo que había sido capaz de hacer un “pueblecito” de España a las orillas del Mediterráneo. Para ellos ya Valencia entraba dentro del mismo estatus en los que estaban ya Madrid, como capital de España y Barcelona, organizadora de los Juegos Olímpicos de 1992.
Podríamos ir a nuestras antípodas y preguntar por la calle ¿qué es Valencia? Nos contestarían con “una de las sedes de la Copa América” sin dudarlo un momento. Cuando la Volvo Ocean Race, vuelta al mundo con escalas y por equipos que sale de Alicante, recala en alguno de sus puertos siempre hay un recuerdo y una pregunta para Valencia. ¿Cómo sigue la ciudad? ¿Continúa Rita de alcaldesa? ¿Qué ha pasado con el puerto? ¿Sigue abierta La Pepica?… Es la gran huella que nos dejó Ernesto Bertarelli al decidir que la Jarra de las Cien Guineas, que ganó en Auckland, la defendería en Valencia, porque el reglamento le obligaba a hacerlo en aguas abiertas y Suiza, su país, no tiene.
Cuando en 2010 se disputó la 33 edición de la Copa América, también en Valencia, después de un largo proceso judicial entre los equipos americano y suizo en la Corte de Nueva York, que determinó que se la disputaran entre Larry Ellison y Ernesto Bertarelli en el agua, con un “monstruoso” trimarán americano y un más débil catamarán suizo, Valencia dejó de ser sede al perder Bertarelli la regata. Un duro golpe para la ciudad y para España.
Bertarelli le regaló a la ciudad el catamarán que perdió la 33 edición y dos unidades de los barcos que disputaron y vencieron la 32 edición. Un regalo muy generoso, si bien a Bertarelli no le valían para nada, el suizo lo hizo con las buenas intenciones de legar a Valencia unos barcos históricos y únicos en el mundo, para que tuviera la oportunidad de exhibirlos con orgullo de haber sido la sede más generosa y espectacular de la historia de la regata.
Los políticos de entonces y los de ahora no han sabido qué hacer con este precioso legado y lo almacenaron en una explanada de la Marina Sur del puerto. Toneladas y toneladas de carbono abandonadas y prácticamente desahuciadas a su suerte y a la intemperie en miles de metros cuadrados de hormigón, que hacen de basurero improvisado de en castillaje y de barcos. Una vergüenza mundial, que deja a Valencia y a sus regidores en muy baja estima. La chapuza es evidente y cualquier persona puede ir a verlo y a comprobar la desidia de nuestros políticos. La historia no se puede esconder y menos una historia que ha hecho grande a Valencia colocándola en el mapa mundial. En el extranjero no se pueden creer que ese “tesoro” esté completamente abandonado.
La capital de la Comunidad Valenciana ha perdido la oportunidad de crear el primer museo de Europa de Copa América a donde hubieran viajado turistas de todo el mundo para ver las reliquias de aquella Copa América que encandiló al mundo, como pasa en los museos que hay en Auckland y San Diego, que no dejan de revivir para los más viejos las historias de sus regatas y allí se crea para los más jóvenes la cultura tecnológica de mar. Una ocasión puesta en bandeja para que los ediles de Valencia hubieran seguido explotando aquel filón de oro, que un día Manel Casanova consiguió pidiéndole a Ernesto Bertarelli que la Copa América se celebrara en Valencia.

