El barco en el que Lizzavetzky pretendía ver la regata infringió hasta tres veces la reglamentación
Pedro Sardina (23 de febrero de 2020)
La Copa América de vela 2007 fue una competición sin precedentes. Jamás habíamos asistido a un evento tan bien organizado y de tanta calidad. Fue organizada por ACM, empresa privada que dirigía el suizo Michael Bonefouss y la ganaron los suizos del Alinghi capitaneados por Ernesto Bertarelli. Todo quedó en casa como estaba previsto antes de comenzar.
Los hombres de Bonefouss desembarcaron en Valencia con demasiada prepotencia embistiendo a Camps y a la malograda Rita Barberá y haciéndose dueños de todo el perímetro que abarcaba el puerto y la recién estrenada Marina Juan Carlos I. Tal fue así, que prohibieron ningún tipo de publicidad en un radio de 100 metros. Tanto La Malvarrosa como El Saler en su lámina de agua también era competencia de ellos, tanto que su propia vigilancia daba órdenes a la mismísima Guardia Civil y esta cumplía con ellas.
Fueron muchas las autoridades que pasaron por Valencia a presenciar las regatas. Desde el Rey, la Reina y el Príncipe de Asturias hasta el último mono de aquel Gobierno que presidía Rodríguez Zapatero. Era un acontecimiento de suma importancia y, como no, el por entonces Secretario de Estado para el Deporte Jaime Lissavetzky no iba a ser menos y allí que fue a ver qué era eso de la Copa América.
Una tarde en la que competían el Team New Zealand contra el Desafío Español, la empresa de trabajo temporal Adecco alquiló un antiguo velero Copa América de 1992 a la propia ACM para ver de cerca la regata. Se trataba del Moro de Venezzia, finalista de aquella competición en aguas de San Diego del que fue armador Raúl Gardini y patrón Paul Cayard. El propósito de ese alquiler era sacar a pasear a Jaime Lissavetzky y a José María Echevarría, Presidente del Comité Olímpico Español. Para ello hacía falta una anfitriona de categoría, por lo que Enrique de la Rubia, Presidente de Adecco Europa y Francisco Mesonero, Presidente de la Fundación Adecco eligieron a la doble campeona olímpica Theresa Zabell, para que explicara lo que aconteciera en las regatas a los invitados.
El Moro de Venezzia partió de la Marina Juan Carlos I con un capitán, tres tripulantes, dos camareras, Lizzavetzky, Echevarría, Zabell y de la Rubia y Mesonero en busca de un lugar privilegiado para ver las tres regatas de la tarde. Para ello, el barco llevaba en su obenque una bandera que le daba preferencia de paso y de visión ante los demás barcos que hubieran en el campo de regatas. Una bandera por la que se pagaban ingentes cantidades de dinero y que utilizaban los equipos para agasajar a sus invitados en medio del mar.
En la presalida de la regata, cuando los barcos contrincantes se preparan y porfían para poder elegir el lado del campo de regatas que más les convenga, los cientos de barcos de espectadores se agolparon en sotavento, es decir fuera del cajón de salida, para asistir al duelo entre Nueva Zelanda y España. El Morro de Venezzia, que llegó tarde a esa presalida utilizó el “comodín” de la bandera para que le dejaran pasar a la primera fila de invitados.
Así fue, el Marssall (jefe de seguridad) de la regata ordenó que se abriera paso al Moro de Venezzia, que alcanzó la primera fila. El barco en el que Lizzavetzky pretendía ver la regata infringió hasta tres veces la reglamentación que se había dispuesto para los espectadores vips de no traspasar más de lo necesario la línea de seguridad. La tercera llamada de atención fue la definitiva, ya que el patrón del Moro de Venezzia porfió con el agente de seguridad y este llamó por la radio a la Guardia Civil para que pusiera orden.
La benemérita llegó en una pequeña neumática y abordó el barco en el que iba Lizzavetzky. El secretario de Estado se identificó y a pesar de ello, la Guardia Civil pidió los papeles al patrón, que se excusó diciendo que los tenía en tierra, por lo que la Guardia Civil invitó al barco a acompañarles a la Marina Juan Carlos I.
El Moro de Venezzia salió escoltado del campo de regatas por la patrullera Río Ebro, que lo escoltó hasta tierra. Una vez allí resultó que el barco no tenía los papeles en regla, por lo que inmovilizaron el barco e invitaron a desalojarlo a sus tripulantes, ante la incredulidad de la Guardia Civil que no entendía como una competición de ese calibre cometía esas infracciones.
Lizzavetzky intentó mediar ante la Guardia Civil esgrimiendo que era un secretario de Estado del Gobierno de España, a lo que los agentes de la Benemérita respondieron que la ley era igual para todos y que el barco se quedaría custodiado hasta que tuviera los papeles en regla.
Jaime Lizzavetzky se marchó del puerto muy cabreado, sin despedirse de nadie y prometiendo no volver jamás a Valencia. La rabieta del político español estaba injustificada, ya que ningún barco, sea de quien sea, puede navegar en aguas juridiscionales españolas sin los papeles en regla.
Tal fue el revuelo que al día siguiente Michael Bonnefous no tuvo más remedio que aclarar el incidente. Para ello, el director de ACM echó las culpas de todo a la Guardia Civil esgrimiendo que se habían pasado en sus funciones. Daniel Herrera, director de Comunicación de ACM culpó del revuelo al diario ABC diciendo que se lo había inventado todo y que no había pasado nada. Al día siguiente, Herrera fue despedido.
La Guardia Civil solo hizo una declaración por parte del capitán de la zona en aquellos momentos y fue que “la ley está para cumplirla y ese barco no estaba en regla, por lo que los agentes cumplieron con su obligación”.
Al día siguiente el invitado de honor fue el Rey Juan Carlos, que declinó aparecer por las instalaciones de la Marina y se fue directamente a la base del Desafío Español donde embarcó en el ESP97 para asistir en directo a las regatas de España contra Suiza y Estados Unidos. La Guardia Civil escoltó al barco español, pero por otros motivos muy distintos.

