Todo gira alrededor del dinero: si no pagas, no sales y si no dices lo que te digo, no cobras
Aprovechando la coyuntura de que hoy, 24 de enero, es el Día del Periodista y que la Policía Nacional en sus redes sociales publica: “Gracias por vuestro compromiso con la verdad y por ayudarnos a construir una sociedad más segura”, voy a analizar algunos aspectos del periodismo al que estamos sometidos en estos momentos en España.
Decidí hace pocos meses jubilarme y dejar mi periódico, ABC, después de más de 30 años totalmente decepcionado con los métodos que utilizaba uno de los directores adjuntos con algunos redactores, a los que censuraba ciertas informaciones contrastadas y les hacía escribir a su dictado. Esto ocurre en el 90 por ciento de los medios de comunicación españoles. Mandan los ingresos, aunque tengan que lograrse mintiendo.
La prensa audiovisual, es decir la radio y la televisión, está completamente amañada. Los que dan la cara no son periodistas, son locutores que leen lo que la cúpula directiva les escribe. Lo de TVE es un escándalo porque la pagamos todos, pero si ves los informativos de Cuatro, Telecinco, La Sexta y algunos de Antena3 se puede sacar en claro que los que hablan no lo dicen porque hayan redactado y contrastado ellos mismos las noticias. No te digo nada si escuchas la Cadena SER, nido de desinformación e invento de noticias, que ha caído a lo más bajo de la radio española. Son marionetas dirigidas por el gobierno, que no solo mienten, sino que se inventan las cosas.
La prensa escrita, más de lo mismo, pero la digital puede con todo. Ahí sí que cabe todo. Dirigida por militantes de partidos políticos en el caso de los medios de izquierdas son una máquina de hacer chapapote. Todos movidos por las subvenciones que salen del Gobierno, que este 2025 hay ya aprobado por el Consejo de ministros 124 millones de euros. ¿Quién se los llevará?
Los programas divulgativos de las cadenas son máquinas de adoctrinamiento. Los tertulianos hablan con un guion en las manos. Resulta que todos esos tertulianos son especialistas en todo. Saben de pandemias, de Franco, de sanidad, de inmigración, de fútbol, de corrupción, de sociedad… un auténtico saco de comunicadores que solo destilan mierda. Ahora, los periodistas son del PSOE del PP, de Real Madrid o del Barcelona, hooligans agresivos, que en algunos casos se agreden entre ellos físicamente.
Todo gira alrededor del dinero. Si no hay dinero, no hay información. Lo he vivido en mis carnes hasta que he dicho basta. Un ejemplo fragante lo tenemos en el Real Club Náutico de Palma, que lleva pagando muchos años para que se publique en los medios la Copa del Rey Mapfre, una regata de vela muerta ya desde hace 15 años por su baja calidad y por la manipulación a la que está sometida. ¿Qué pasa ahí? Pues muy fácil: Mapfre paga un dinero para que se organice en Palma la Copa del Rey y el Real Club Náutico de Palma llega a acuerdos con los medios de comunicación para que se publique la competición. Dentro de esos acuerdos es obligatorio ensalzar la regata y colocar en sitio visible y las más veces posibles la palabra Mapfre. No contentos con eso, el jefe de prensa de la competición, Alejandro Varela, exige a los periodistas invitados a escribir a su dictado y no consiente ninguna crítica. Cualquier crítica es inmediatamente censurada por una llamada que Varela hace al medio de comunicación bajo la amenaza de no pagar. Ha llegado un momento en que el tal Varela ha llegado a exigir a los medios el cambio de periodista para escribir de la regata y ha vetado a otros profesionales sin que Mapfre y el Real Club Náutico de Palma se hayan posicionado públicamente.
Del compañerismo ya ni hablamos. Solo ver lo que pasa en la sala de prensa del Congreso de los Diputados con Vito Quiles, cómo es tratado por los políticos y lo que es peor, por sus propios compañeros. ¿Miedo? No son periodistas, son voceros de sus medios incapaces de solidarizarse con las injusticias que recibe un periodista de verdad. O con los ataques recibidos por Íker Jiménez de voceros de otros medios por decir la verdad, una verdad que no convenía al Gobierno.

