El grano que le salió a Rita Barberá

Un proyecto ambicioso al que la, por entonces, alcaldesa de la ciudad le revolvía las tripas

Pedro Sardina (6 de mayo-2019)

En agosto de 2008 Valencia acogió el primer Gran Premio de Fórmula 1 en el circuito urbano que recorría en gran parte el magnífico puerto de Copa América y la que por entonces se llamaba Marina Juan Carlos I, que más tarde la política sectaria se encargó de cambiar el nombre. Un proyecto ambicioso al que la, por entonces, alcaldesa de la ciudad Rita Barberá le revolvía las tripas por varios motivos, uno de ellos porque se iban a “cepillar” la buena imagen que tenía el recién construido puerto valenciano para la disputa de la 32 Copa América de vela.

La chapuza quiso transformarse en un circuito desmontable tanto en su recorrido como en sus gradas para albergar al público. Se utilizó parte del puente, que estaba situado en el antiguo puerto de contenedores, para unir las Marinas norte y sur, para que los fórmula 1 atravesaran el canal a 200 kilómetros por hora. Un “obrón” sin parangón, que solo Dios sabe lo que costó a la ciudad. Se asfaltaron más de 5.000 metros de carretera con una anchura de 14 metros, con la recta de salida y los boxes en el histórico Tinglado número 4. Sus 25 curvas le daban la vitola de circuito lento (el récord de la vuelta lo tiene Timo Glockj con 1 minuto y 38 segundos), pero es que el trazado no daba más alternativas si se quería correr por las orillas de la dársena y aparentar un sitio de privilegio.

Cuando Rita Barberá estaba relajada a la luz de unas velas y con un gin tonic en la mano, le gustaba jugar a ser una persona normal, sin politiqueos y sin pelos en la lengua. Muy correcta, pero muy sincera, tanto que a veces ponía en duda los proyectos de la Comunidad. Cuando Francisco Camps y sus asesores de cabecera decidieron intentar engañar a Eclestone para que Valencia fuera la cuna de los circuitos urbanos de fórmula 1 del mundo, Rita se puso pálida. No se lo podía creer. Iban a destrozar su obra, que tantos esfuerzos había costado. Además, estaba en marcha otra posible Copa América, el “vis a vis” que reclamaba Larry Ellison a Ernesto Bertarelli, porque el suizo se saltó a la torera compinchado con el Desafío Español el reglamento para la organización de la 33 edición, y Rita quería que se volviera a navegar en aguas valencianas, en su amada Malvarrosa. “Como se marche la Copa América de aquí por culpa de esta chorrada, me van a oír”.

Valencia, por entonces, era una Comunidad muy ambiciosa y lo quería todo: vela, fórmula 1, motos, tenis… La ciudad estaba avalada por el gran éxito que tuvo la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el Oceanografic y todo lo que albergaba el antiguo cauce del Turia. Rita veía, con ojos muy cómplices con sus contertulios, que peligraba todo ese prestigio y tantos años de trabajo y esfuerzo. No, no creía en la fórmula 1, y así nos lo hizo saber a un reducido grupo de privilegiados, que compartíamos de vez en cuando una copa larga en las calurosas noches de Valencia, como tampoco creía en la Volvo Ocean Race. Era una mujer campechana, pero no se andaba por las ramas y “al pan, pan y al vino, vino. No me gusta nada esa idea”.

Eran noches de interrogatorios y confesiones. “¿Qué os parece esto de la fórmula 1? Y además, nos quieren traer la salida de la Vuelta al Mundo a vela. No, me niego. Eso no nos va a aportar absolutamente nada. Estos hombres piensan que Valencia es un pozo sin fondo”. La alcaldesa más votada de España lo tenía muy claro a pesar de que algún ingenuo trataba de convencerla con aquello de que su ciudad se llenaría de turistas que iban a dejar pingües beneficios. Rita sonreía y siempre cortaba a los que trataban de argumentarle los beneficios de apoyar ambos proyectos con un irónico “bla, bla, bla… no me contéis milongas. La Copa América sí que ha sido rentable y tardaremos muchos años, incluso siglos, en albergar una cosa parecida”.

Mientras tanto, lo alicantinos, que también son valencianos, protestaban por el egoísmo que se cernía sobre los dirigentes comunitarios sobre que todo lo que, a priori tenía buena pinta, se quedara en Valencia. Ese fue el momento Rita. Le llegó la lucidez y confesó la gran idea de convencer a Camps y compañía de que le dieran cuartelillo a Alicante como Puerto de Salida de la Volvo Ocean Race. Camps, y cuando digo Camps me refiero a toda la cúpula del Gobierno de la Generalitat, accedió porque ya había logrado que Eclestone cayera en sus garras y habían firmado un acuerdo para construir el circuito urbano de fórmula 1. Quedaba un problema por resolver, había que convencer a Ernesto Bertarelli para que dejara pasar el circuito por delante de las bases de los equipos de Copa América, que desalojara la dársena principal para poder alquilar los amarres tipo Montecarlo y que durante esos días retirara sus garras del puerto y se lo cediera a la Generalitat.

Ahí iba a jugar un gran papel Rita Barberá, la única persona capaz de convencer de las cosas al suizo a pesar de que el trato no era muy fluido entre ellos dos. “¿Cómo le vendo yo esta burra a Ernesto? No va a querer porque le van a destrozar su puerto”. ¡Cómo, Rita diciendo que el Puerto era de Ernesto Bertarelli! No nos lo podíamos creer, pero sí, esta frase salió de sus labios, aunque segundos más tarde matizó con un “digo su, entre comillas. A ver si mañana va a ser titular a cinco columnas en los periódicos, que os conozco”. El caso es que la alcaldesa le buscó las vueltas a Bertarelli y consiguió sentarle a hablar con Camps and company y al final cedió, aunque con alguna concesión de por medio.

El caso es que en agosto de 2008, bajo un calor asfixiante y con las gradas casi vacías o llenas de entradas gratis se disputó el primer Gran Premio de Europa, que ganó el Ferrari de Felipe Massa. La “bruja”, en el buen sentido de la palabra, había acertado el pleno al 15. “No ha venido ni Dios. Que horror y encima han jodido el tráfico durante más de una semana. Y ese horror de puente atravesando el canal por donde han desfilado los mejores regatistas del mundo”. Los colores afloraron en la cúpula del Gobierno de la Generalitat, que había soltado un pastón a Eclestone y ni tan siquiera Fernando Alonso había brillado. En 2009 ganó Barrichelo; en 2010 y 2011, Vettel y el último año, por fin, apareció Fernando Alonso. No hubo más. El proyecto fue un fracaso y un chorreo de dinero, que más tarde iba a pasar factura política a alguno de los miembros de aquel gobierno. Cinco años de suplicio para Rita Barberá, que cada vez que se acercaba el verano se le desteñía su traje rojo. “Otra vez, que cruz”, aunque siempre con una sonrisa y al lado de Camps.

El puerto quedó destrozado y en manos de un Consorcio inoperante, inútil y con muchos intereses políticos. Aun se pueden ver las huellas de aquel affaire. Una modernísima sala de prensa destrozada y abandonada; un puente inservible que se abre de vez en cuando, pero que no es operativo porque colapsa la dársena principal; un sinfín de kilómetros de asfalto delimitados con jardineras y separaciones de hormigón y unas bases, en su mayoría abandonadas. Los ·fantasmas” del Edificio del Reloj, sede de la Autoridad Portuaria, testigos desde 1916 de todo lo que ha acontecido en esos años deben estar boquiabiertos con la cantidad de despropósitos que han acontecido en la zona. Ya lo decía Rita con la boca pequeña “esto no vale para nada”.

Se montaba y desmontaba el circuito para darle 57 vueltas en un caluroso domingo del mes de agosto intentando no sé qué. Rita Barberá lo intuía, aunque no decía nada. Había gato encerrado. Ella muy orgullosa de que las cuentas de la Copa América estaban muy, pero que muy claras no tragaba con ruedas de molino lo que podrían estar haciendo con ese “invento” de la fórmula 1. Estuvo al borde de la depresión si no hubiera sido porque tenía una vitalidad a prueba de bombas. Su ciudad, su puerto, su marina “prostituidas” por un circuito de fórmula 1.

Oficialmente el circuito urbano costó 89 millones de euros y ahora hay una juez que imputa a Francisco Camps en los delitos de prevaricación, malversación, falsedad documental, cohecho, tráfico de influencias por haber impulsado y permitido la construcción del circuito. La “broma” puede costarle a Camps muy caro, sobre todo por haberse rodeado de asesores que le incitaron a traerse a Valencia un proyecto, que como decía Rita, estaba muerto antes de nacer.

Rita ya no está y espero nadie tenga la desfachatez de culparla de absolutamente nada, porque ella estuvo en contra del proyecto desde el principio, aunque tuviera que ceder en algunas cuestiones que eran de competencia del ayuntamiento que dirigía. Testigos hay de la oposición de Rita al circuito urbano de fórmula 1.

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